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Microcosmos Imaginarios – Fabián Mendoza

Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo.
A lo largo de los años,
puebla un espacio con imágenes de provincias,
de reinos, de montañas, de bahías, de naves,
de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos,
de astros, de caballos y de personas.
Poco antes de morir,
descubre que ese paciente laberinto de líneas
traza la imagen de su cara.

Jorge Luis Borges.

A modo de presentación

De vez en cuando me ha tocado ejercer la curaduría de algún ciclo, o escribir y presentar la obra de algún amigo durante el vernissage correspondiente.

Tal vez por mi deformación académica, encuentro con cierta facilidad el camino para ayudar al espectador desprevenido en la interpretación, y el develado de cuestiones básicas del artista de turno.

De las múltiples discusiones sobre la necesidad o no de la figura del curador, prefiero refugiarme en la estrategia de apelar a la sensibilidad y abandonar cualquier afirmación peregrina sobre las intenciones plásticas, o de los “mensajes” que el artista se ha propuesto promover a través de sus obras.

En el caso particular de la pintura de Fabián Mendoza, el desafío de describir y analizar los elementos que la componen me resulta una tarea mayor. Sumado a esto, agrego el hecho del conocimiento cercano, de la amistad que nos une, y de los cientos de encuentros enriquecedores sobre temas plásticos, estéticos y éticos del arte.

Un primer punto insoslayable, es su autodefinición de “Pintor” por sobre la grandilocuente definición de “Artista”, algo que nos sitúa en el centro de su visión y de sus trabajos. Asimismo y en un ejercicio fundamental de coherencia, Mendoza es un Pintor integral a tiempo completo.

No existe otra actividad, ni talleres, ni clases, ni conferencias que lo distraigan un segundo de su opción de vida. Es decir que la pintura ocupa el cien por ciento de su tiempo. Porque cuando no está frente al caballete con sus pinceles, igualmente está pintando, revisando ideas, corrigiendo, dibujando, buscando nuevas inspiraciones, en fin: aprendiendo.

A modo de Guía

Cuando la tarea es compleja, o los caminos a analizar son muchos y además están interconectados, es bueno armarse de una hoja de ruta.

Aquí va la mía para este caso, donde me he permitido jugar a la rayuela con una estructura muy particular y la propuesta es recorrer el eje central para luego continuar con un recorrido en sentido horario como forma de abordar ordenadamente cada tema.

La Misión: Como lo dije más arriba, Mendoza tiene muy clara su misión. Simplemente la de autodefinirse como Pintor. Para ilustrar lo que significa esta elección nada mejor que unos párrafos de David Ackert sobre los artistas en general, pero que aplican perfectamente al oficio de Pintor:

“Los artistas son de las personas más dinámicas y llenas de valor sobre la faz de la Tierra.

Tienen que lidiar con más rechazos en un año que lo que la mayoría de las personas en toda su vida. Cada día se enfrentan al reto financiero de vivir con trabajos temporales, con la falta de respeto de la gente que cree que deben obtener trabajos “reales”, y su propio miedo a no volver a trabajar nunca más.

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Pero ellos se mantienen aferrados a su sueño sin importar los sacrificios. ¿Por qué? Porque los artistas están dispuestos a dar su vida entera a un momento -a aquella línea, risa, gesto, o a aquella interpretación que le robe el alma al público.” 

Poco para agregar sin entrar en los complejos temas como el mercado del arte, y sus principales actores, donde como siempre el artista/pintor es el eslabón más débil.

El Oficio: Si alguien piensa en que ser Pintor tiene algo de romántico, y que la vida transcurre frente al caballete  plasmando aquellos momentos de inspiración paleta y pinceles en mano, lamentablemente tiene una visión parcial y distorsionada.  El oficio tal cual lo concibe Mendoza implica resolver y preparar cada uno de los elementos que utiliza. Desde los caballetes, pasando por la elección del lienzo, ingletar, armar los bastidores, tensar, e imprimar. Pero va todavía más allá. Ya que también prepara sus pinturas, amalgamando aceites, tierras de colores, etc.  Toda una odisea para recién llegar al desafío de la tela en blanco.

La Técnica: No es posible para un pintor, canalizar su creatividad si éste no posee la técnica suficiente. Este ejercicio de libertad sólo es posible si no existen las barreras que impiden expresarse en su plenitud. Basta examinar las obras de Mendoza para comprobar que conoce perfectamente todas las aristas y complejidades de la pintura al óleo: empastes, veladuras, raspados, collages, esgrafiados, el trabajo con capas, diluciones, rodillos tallados, etc. forman, parte de un completo abanico de soluciones capaces de resolver conjugados con el gesto pictórico cualquier desafío creativo.

El trabajo: Este elemento fundamental es la raíz del tronco compuesto por la misión, el oficio y la técnica. Nada de esto tendría sentido sin el trabajo. Definámoslo como un tema de actitud.

Un proficuo portfolio de obras no se realiza de un día para otro. Si además tomamos en cuenta que cada trabajo implica etapas que van desde la concepción de la idea, su resolución. La permanente reflexión, con correcciones y donde también el azar o el accidente tiene que ser considerado se necesita una férrea disciplina y perseverancia que paute los ritmos imprescindibles para finalizar cada obra sin morir en el intento.

Hace un tiempo en una presentación le escuché al escritor irlandés John Connolly que la diferencia entre un aficionado y un profesional, es que éstos últimos aún en los momentos en que tirarían todo por la ventana, siempre terminan sus trabajos.

Microcosmos: He elegido esta definición para aplicarla a cada una de las obras de Mendoza.

Retomé esta idea a través del libro homónimo de Claudio Magris, un escritor que ha desarrollado el concepto de mittel-europa donde en su Trieste natal conviven en un crisol muy especial, las culturas italiana, austríaca, judía, eslovena, y alemana, definiendo perfectamente el concepto de unidad pequeña y diversa, capaz de contener todos los elementos necesarios para ser única, independiente pero tan ligada a las demás como para integrar y crear un Universo.

Podría trazar un paralelismo entre cada uno de estos microcosmos y las innumerables situaciones creadas por Jheronimus Bosch (El Bosco), en el tríptico “El jardín de las delicias”, compartiendo ese “irrealismo mágico” inquietante (figuración mágica en palabras del propio Mendoza), a veces incómodo, pero que no nos deja para nada indiferentes.

Puedo suscribir que al igual que decía Fray José de Sigüenza de las pinturas del Bosco, éstas pintan a los hombres no sólo como son por fuera, sino tal como lucen en su interior.

Composición: Mendoza ha elegido el camino de la figuración. Esto nos obliga a precisar que figuración no significa “realismo”, ya que siempre está ese componente imaginario u onírico que nos ubica en un espacio tiempo indefinido.

Normalmente las figuras, o el grupo de ellas, ocupan el centro de la tela, rodeados de accesorios, a veces tan intrincados como inútiles, pero capaces de contribuir a un relato, a una historia única. No veremos horizontes, si bien hay un cuidado uso de la perspectiva y de planos que se suceden para generar una idea de la espacialidad tan difusa como el concepto de lo temporal.

Su dibujo, que domina a la perfección es producto de lo que minuciosamente ha planeado, nada escapa al meticuloso proceso de la composición.

Nada de lo que vemos es inocente, y seguramente en forma explícita o sugerida hay referencias a conocimientos y situaciones producto de un profundo estudio. Es así, que es probable encontrar “sembrados” al número Pi en una casi infinita sucesión de decimales, como también a la serie matemática infinita que en 1202 Leonardo de Pisa (Fibonacci) publicó en su Liber Abaci.

Personajes: Me resulta difícil definir la naturaleza de cada una de las figuras. Mezcla de duendes o gnomos que nos miran a través de ojos entrecerrados, a veces en forma displicente, a veces desafiantes, otras veces ignorando al casual espectador, siempre serenos y en ocasiones, misteriosamente enmascarados.

Mayoritariamente masculinos, indefectiblemente vistiendo la más diversa colección de sombreros, desde un simple bombín hasta enormes galeras, incluso objetos como un embudo, o diversas cacerolas.  No es extraño que estos sombreros tengan puertitas a la nada, un manómetro, un reloj de arena, chimeneas, engranajes, puentes comunicantes o una serie de tuberías capaces de transfusionar líquidos, así como accionar inútiles hélices o ruecas.

Detrás de esas aparentes neutras figuras, a veces casi andróginas, se pueden visualizar reminiscencias concretas a personas de la vida real o incluso me atrevería a afirmar también claras autorreferencias donde el artista se esconde/muestra enfundado en un traje “Bleriot”.

De la inmensa galería, es frecuente encontrarse con jugadores de ajedrez, músicos, alquimistas, navegantes a ninguna parte, en fin, un completo muestrario de la vida misma, que al decir de E. Santos Discépolo:

 Cualquiera es un señor!
Cualquiera es un ladron!
Mezclao con Stavisky va Don Boscoy “La Mignon,”
Don Chicho y Napoleon,
Carnera y San Martin…
Igual que en la vidriera irrespetuosa
de los cambalaches
se ha mezclao la vida
y herida por un sable sin remache
ves llorar la Biblia
contra un calefón.

Escenarios: ¿En qué lugares suceden sus microcosmos? Mendoza es un maestro en el concepto del “no lugar”.

Si bien se pueden reconocer interiores, espacios abiertos, fondos casi planos, en realidad nada hace referencia a un lugar real o reconocible. En esos espacios flotan nubes de cartón, nadan peces, se ubican muebles con infinidad de cajoncitos, donde generalmente el piso o alguna de las superficies es uno de sus infaltables dameros donde la perspectiva es perfecta y las líneas de fugas son a veces los ejes centrales de la composición.

La tipografía no está ausente, a los conocidos símbolos de nuestra escritura occidental se agregan otros símbolos propios de sus investigaciones y viaje a sus raíces culturales familiares.

Estos microcosmos están plagados de máquinas, instrumentos, herramientas, vehículos que me recuerdan a las invenciones e investigaciones de Leonardo Da Vinci así como el uso de la escritura espejo como travesura.

Es frecuente también, encontrar guiños a Escher, planteando estructuras absurdas que añaden una cuota de cierto misterio a la historia que se narra. La poesía está siempre presente, por ejemplo en pequeñas capillas iluminadas y lunas con barquitos de papel atrapadas por el tendido de cables de teléfono.

Si tuviera que definir la luz que reina en sus obras, estaría en un claro aprieto. Que existe es evidente, porque las sombras definen perfectamente a los volúmenes, pero que cada cual haga su ejercicio de interpretación.

Referencias:   Cada artista en su madurez, desarrolla su propio camino. Este es el caso de Mendoza, ya que su sello personal es inconfundible y bastan unos segundos para asociar al artista con cada una de sus obras. Sin embargo, aquellos que han dejado de autocomplacerse tienen referentes de los cuales han bebido.

Me consta que Jaime Parés ha sido una de sus referencias, seguramente de las más importantes. Este pintor uruguayo injustamente olvidado ha sabido hacer su tarea de Maestro de la mejor manera posible, que es la de acompañar al discípulo no para que pinte a su semejanza sino para que sea capaz de encontrar su propio vuelo.

El otro referente que me atrevo a mencionar, no tiene nada que ver con el estilo, el dibujo o la paleta, sino con el viaje interior que cada creador necesita resolver para encontrar sus orígenes, la cultura de la cual forma parte, y de cómo entender el presente. Este ejercicio permite entre otras cosas, ser verdaderamente auténtico.  En este plano creo que la sombra de Marc Chagall sobrevuela frecuentemente su taller.

Territorio: Originario de Mercedes ciudad que está siempre presente, Mendoza ha elegido Montevideo. Pero siendo más preciso, ha elegido el Universo de la Ciudad Vieja, esa que adormilada por las noches, late detrás de las murallas.

En la calma de su atelier renacen a diario los inmortales Bach, Vivaldi, el muy veneciano Albinoni entre otros, y por las noches alumbran más las velas que las lámparas eléctricas, donde el buen vino es la excusa para agasajar a los amigos.

De las volutas de humo del tabaco, y el ronroneo de Gata entre caricias, nacen uno a uno los Microcosmos que luego viven en paredes de Uruguay, Argentina, Brasil, Portugal, Suiza, Austria, Alemania y Estados Unidos.

Claudio Del Pup – Durik

Enero de 2018