Cudillana 2

Cudillana

¿Qué es hoy la ciudad para nosotros?
Creo haber escrito algo como un último poema de amor a las ciudades,
cuando es cada vez más difícil vivirlas como ciudades.

Italo Calvino – Las ciudades invisibles.

Uno siempre tiene la esperanza que un viaje sea algo más que una simple visita, un descanso, un escape de lo conocido para abrir una oportunidad a la aventura de lo nuevo.

A todo eso, yo le agregaría un componente esencial relacionado al cambio interior. Uno emprende el viaje con la seguridad que al regreso, si es que se produce, o al final si no hay retorno, ya nada será como antes. El camino deja marcas, experiencias indelebles pero como en “El hombre ilustrado” de Ray Bradbury, esos tatuajes con vida propia evocan y recrean nuestra historia de vida.

He repasado brevemente ejemplos donde el viaje es factor de cambio, de una nueva visión sobre la propia existencia y la puerta de entrada a una nueva. Ambos alemanes, viajeros por distintos motivos al sur, hacia mares italianos, no tan lejanos pero sin duda diferentes a sus territorios originarios.

Richard Wagner uno de los exponentes más representativos de la música alemana, eligió a Venecia como lugar de residencia. Lugar donde finalmente muere. Es en ese paisaje lacustre veneciano, donde escribe Tristán e Isolda, una obra que será un punto de inflexión en su trabajo personal y en la música clásica occidental.

El otro, alemán de origen y apátrida por elección; Friedrich Nietzsche que casualmente tuvo sus desavenencias con Richard Wagner.

Nietzsche, catalogado de pesimista y un exponente del nihilismo una especie del escepticismo de la modernidad, cuando viajó a Sorrento en mil ochocientos setenta y seis, escribió:

“……No tengo fuerza suficiente para el norte: allí mandan las almas pesadas y afectadas que, como el castor en su obra, están constante e inevitablemente trabajando en las normas de la cautela. ¡Toda mi juventud se ha marchitado entre ellos! Me asaltó esta idea la primera vez que ví caer la noche sobre Nápoles, con su gris y su rojo de terciopelo en el cielo –como un estremecimiento de compasión para conmigo, por haber comenzado a vivir siendo viejo, y lágrimas y el sentimiento de verme todavía salvado en el último instante. Tengo suficiente espíritu para el sur….”

Lejos de cualquier comparación con tamañas figuras, también un viaje me ha permitido reflexionar, y lograr entender parte de lo que hago, en el contexto en que me ha tocado vivir y algunos lastres que arrastro desde hace ya un tiempo. El norte en este caso, un pequeño pueblo asturiano sobre el mar cantábrico fue por elección fortuita mi lugar.

Cudillero, Cuideiru en Pixueto o Cudillana (en mi homenaje particular a Ítalo Calvino), se encargó de amarrarme a un paisaje de una naturaleza exuberante. Mar y montaña conjugados de manera perfecta, donde la incidencia de lo humano todavía no ha llegado a estropear el equilibrio natural. Cudillero y sus habitantes, al igual que yo viven en crisis. En su caso, una crisis que los interroga sobre lo que fueron, y lo que serán, entre un hermoso pueblo de pescadores, o una vitrina del turismo más descarnado. Entre la vida áspera y ruda de pescadores y recibir a cientos de visitantes golondrina que en seis horas los consume y agota.

¿Que se puede hacer en Cudillero, después de la efímera visita programada? La primera respuesta es: nada. Una nada en contraposición al vértigo, la profusión de estímulos frívolos y el continuo “surfear” de distracción en distracción que la vida moderna nos impone y que hemos aceptado por inercia, desidia y resignación.

Pero esa “nada” relativa, está preñada de actividades y rutinas que sólo los que se quedan y aman el lugar, aprenden a descubrir.

Para contarles mi visión personal, nada mejor que intentar asimilarme al estilo mágico del relato de Calvino, donde Marco Polo describe a Kublai Kan las ciudades de su imperio que no conoce y que tal vez no llegará a conocer.

Cudillana, es una ciudad poligonal sutil, donde sus habitantes han decidido prescindir de las calles permitiéndose solamente una, como única concesión a una modernidad resistida. En cambio, una nutrida y laberíntica red de escaleras les permite a sus vecinos como cabras llegar y salir de sus casas engarzadas en la sierra.

Esta decisión ha desarrollado una forma alternativa de medir las distancias; nada de calles, metros, o minutos en cierta dirección. En Cudillana todo se mide en escalones, miradores y niveles en la ladera. Del puerto viejo a casa en el primer nivel del anfiteatro cincuenta y cinco escalones, del living a la cama diez y ocho, de casa al bar setenta y tres, y así todo.

Si bien el tiempo se ajusta al calendario, y los días de veinticuatro horas se suceden de forma natural, hay otra noción del tiempo omnipresente. Las mareas del Cantábrico, un fenómeno donde la influencia de la luna es primordial. Una reivindicación de lo femenino, con ciclos de pleamar y bajamar que se alternan bajo una lógica particular para el visitante ocasional.

Nada más intenso y plácido que el amanecer en cualquiera de sus miradores, un espectáculo imposible de describir. El olor del mar, eterno rumoreador, empujando y desgranando la niebla matutina contra la ladera y descubriendo los primeros barcos entrando a puerto después de una noche de faena.

Todos aquellos que han decidido definitivamente quedarse atrapados por sus redes harán su último viaje subiendo un número de escalones que por las dudas decidí no contar, para finalmente llegar al cementerio en las alturas de La Atalaya. Nada mal para los ilusionados con la eternidad.

Optar por quedarse un tiempo, abre las puertas a la gente del pueblo. Ya dejas de ser un visitante más confundido con el ejército de gaviotas, para iniciar amistades simples, auténticas, austeras, capaces de sobreponerse al tiempo y las distancias y de eso doy fé.

El principal regalo que he recibido de Cudillana y sus habitantes es la contemplación serena. Ese portal a la introspección profunda que me ayudó a definir qué cosas quiero hacer y cuáles no, en este último tercio de mi vida.

Cudillana 1

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Cudillana 2

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Cudillana 3

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Cudillana 4

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Cudillana 5

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Cudillana 6

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