El paraíso perdido – Sueño de una noche de verano

“La bajada al Averno es fácil y suave; las puertas de Dite están de par en par abiertas noche y día.
Pero dar un paso atrás y volver a ver el cielo ¡eso sí que es tarea y empeño difícil!”
Virgilio.

Hace tiempo que tenía pendiente un viaje con un amigo. Nos lo habíamos prometido y las vueltas de la vida hicieron que este Junio, pudiéramos concretarlo.

Hace tiempo que le había manifestado mis ganas de un paisaje insular, algo recurrente en mi imaginario.
Las historias de Odiseo amarrándose al mástil de su nave para no sucumbir al canto de las sirenas en su retorno desde la Troya derrotada, así como Jasón con sus argonautas en busca del vellocino de oro y su llegada a la isla de Lemnos poblada solamente por mujeres, o Eneas de camino a Trinacia donde Helios guardaba su ganado, culminando con el reciente desembarco de los modernos bárbaros de los sesenta en las pequeñas Pitiusas, todos fueron parte del pretexto ideal para un destino mediterráneo.

La propuesta de Joan acerca de visitar Ibiza me atrapó de forma singular, no tanto por el pasado de fenicios, púnicos, cartagineses, y romanos, sino por el intento casi antropológico de explorar el fenómeno hippie, sus raíces, apogeo, agonía y herencias.

Aquellos que nacimos por los cincuenta, creímos que cambiar el mundo era posible. Algunos a través de la revolución y la lucha armada, otros a través de la política anunciando al hombre nuevo, y finalmente los que apostaron a huir a pequeños paraísos armados de flores, paz y amor, para construir una sociedad nueva.

A todos nos venció el capitalismo, ese monstruo con muerte largamente anunciada y decretada, pero tan campante, mutante eterno bajo los términos de “neo”, “pos” o lo que sea necesario, se reinventa una y otra vez para postergar las utopías de aquellos que como yo integramos la legión de nihilistas escépticos, refugiados en el rol de provocadores resilientes y que seguimos pensando que siempre nos quedará una isla.

Así lo creyó Macedonio Fernández en la realidad, y lo imaginó Haroldo Conti en su novela Sudeste.

A la isla de Ibiza los dioses le habían otorgado como regalo el hecho de que no viviría en ella nada capaz de hacer daño a los humanos, por eso era el lugar elegido por las mujeres para parir.

De los olivos ornamentales importados llegaron las serpientes, pero otras son las plagas que la destruyen, la asfixian y la condenan. Son ellos el hedonismo extremo, el dinero, la especulación inmobiliaria, el lujo inmoral entre otros males que no fueron previstos por los habitantes del Olimpo y que hoy campean por Ibiza y la pequeña Formentera.

Así que de los hippies, sólo queda la leyenda, algún romántico disfrazado, unos pocos mercaderes de artesanía importada de China, y fotografías blanco y negro en las paredes encaladas de algún bar.

Para los que practican ese turismo feroz, depredador, irresponsable y nada respetuoso del paisaje natural, Ibiza es un destino ineludible, meca del placer, el show-off, el aturdimiento y los estímulos extremos.

Afortunadamente, hay otra Ibiza, pero está oculta y bien guardada, sólo revelada a los amigos de aquellos que realmente la aman. Me puedo considerar afortunado de haber conocido a María, y a Antón, ambos amigos de Joan que como Virgilio con Dante, fueron guías necesarios e imprescindibles para encontrar el paraíso que todavía pervive.

De la mano de Antón y su sensibilidad, conocí el paisaje bucólico del Pla de Corona, con sus almendros, olivos centenarios, muros de piedra seca, ovejas y las infaltables higueras. La pobreza original de los payeses, y el acantilado donde las Puertas del Cielo cerradas regalan los mejores atardeceres.

El aire fresco, de una galería porticada fue el escenario de una estupenda cena, con historias de esas que dejan huella, y la oportunidad de probar el Can Rich, un vino lugareño, áspero, sencillo y de un color rojo profundo como la tierra donde crece la vid.

María, legítimamente orgullosa de su tierra, nos llevó por los rincones donde las calas bordeadas por imponentes murallas de piedra permiten que el verde y el azul se encuentren en un abrazo infinito. Los ojos casi cegados por la luz, no dan abasto para recuperar tanta naturaleza pura todavía afortunadamente a salvo de la ambición de los hombres. En Sa Capella, un lugar increíble donde lo sacro y lo profano convergen pasamos la velada más increíble que se puede uno imaginar. El calor de la amistad y la hospitalidad de María y su compañero todavía mantienen tibio el corazón, llama que encendida alumbra las ganas de volver.

De esas idas y vueltas, de las ganas de sombra y silencio, con Joan visitamos las innumerables capillas sembradas a lo largo y ancho de Ibiza. Todas iguales, todas distintas, mudas testigos de los cambios y de las ausencias. Blancas, mayormente generosas y abiertas, poliédricas, almenadas, de frescos atrios, coronadas por campanas y tres crucesitas en la fachada como único ornamento.

Como peregrino, he ido juntando los guijarros en forma de fotografías que luego he transformado en imágenes que resumen mi idea de la serena belleza, de lo intemporal, de la capacidad de resistir, de ser un patrimonio impoluto que quiero atesorar y compartir con aquellos que me enseñaron a ver que todavía hay en Ibiza un paraíso escondido.