Escritos corsarios

Juego de niños

…A menudo se oculta un sentido sublime
En un juego de niño
(SCHILLER: Thecla. Voz de un espíritu)

Hace mucho tiempo, y en lo que se denomina en Uruguay: Educación Primaria, me tocó leer un texto de José Enrique Rodó, una especie de prócer literario, que hoy suena poco y que Uruguay dejó morir casi en el olvido en Palermo-Italia allá por el 1917.

“Mirando jugar a un niño” integra un librito: “Parábolas” editado por Kapeluz  que me acompañó en esos años donde la comprensión lectora no era un problema. Para aquellos que todavía creen que leer es bueno, tanto para él como para los suyos.. aquí va un link (creo no violar ningún derecho de autor)

Parábolas de José Enrique Rodó

No voy a hacer aquí una reseña o interpretación de dicha parábola, simplemente la quiero utilizar como puente a un texto que he recibido recientemente y que me retrotrae a una infancia feliz. A un recuerdo de juegos, de padres maestros y de amistades que el tiempo y la distancia no han podido borrar.

Umberto Eco, fué muy crítico con el fenómeno de las “redes sociales”, donde a su entender estas nuevas formas de comunicación, dan sentido y voz a “los idiotas” confundiendo y disimulando los contenidos de real importancia y calidad.

Puedo entenderlo, y de hecho lo veo y padezco a diario, pero también tengo que reconocer que estos nuevos instrumentos también dan lugar a hechos positivos, sanadores y de recuperación de vivencias muy queridas.

El texto que comparto a continuación, es un ejemplo de esto último que me ha regocijado el alma.

Gracias a Rubén Navarro (autor de las líneas que gentilmente me ha enviado) y a su hermana Ana, (la Penélope que ha tejido estos hilos).

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Del umbral de la puerta que daba al salón salían los bólidos. En general, paraban antes de los dos escalones de la puerta cancel. Medían la distancia recorrida. Los coches con armazón de madera y papel de aeromodelista eran propulsados por bandas elásticas enrolladas. Cada recorrido daba lugar a un análisis, a saber por qué tal distancia o tal otra.

Claudio y Gustavo probaban sus autos, hechos por ellos mismos.

Claudio se fue. Ya era tarde. En el salón comedor había un tocadiscos; estaba en el rincón que daba hacia la cocina. Gustavo puso uno y cantaba a dúo con Serrat, leyendo la letra impresa en el sobre del disco, “me gusta verlos pintarse de sol y grana, volar bajo el cielo azul, temblar súbitamente y quebrarse”

Delante de la puerta de la calle, el Suco me mostraba cómo una escupida podía atravesar la calzada de Luis Alberto de Herrera y llegar hasta la vereda de la casa en la que había un criadero de codornices, enfrente.

El fotógrafo se hacía llamar el tío Nino. Sin bajarse de la bicicleta negra con frenos de varilla, le mostraba las fotos sacadas de su portafolios de cuero curtido a Olga. Si será bueno el fotógrafo que no se ve la raspadura en la cara de Gustavo, le decía Nino a la madre del fotografiado. Venía con las fotos que les había sacado en La Aviación a los dos gurises inventores que probaban esta vez sus aviones hechos a mano, pieza por pieza. Gustavo se había caído unos días antes y tenía un rasponcito en la cara, lo que para Olga era algo impresionante.

La madre de Claudio –maestra- vino un día a la clase de mi maestro Osmet. Una clase adornada con sus cuadros, de esos cuadros que había terminado de pintar, no como los otros. Nos dijo que ella era de esos que llaman gringos. El racismo existía ya. No nos dábamos cuenta pero estaba ahí, tal como sigue estándolo. Tana. La Chola. Un apodo quechua para una gringa. Un apodo venido de los que nos dieron palabras como cancha, tambo o mate y que venían del Oeste y de la montaña para una mujer que venía del Este, de alguno de esos valles de la bota.

Casualidades: hace pocos días tuve noticias del Mojo, o de la Perdiz, el hermano de Rosana García, los hijos de Angelito. Una gurisa de la edad de ellos, inteligente como ellos. Linda. Como ellos.

No lo vi más a Claudio. Me fui y seguramente se fue. Tiempos de irse. No supe más de sus padres, o lo supe de lejos. Tiempos de lejanías, de no querer saber demasiado, por las dudas.

Mi hermana, que busca en la memoria, que busca en Italia, que busca por todos lados, encontró a Claudio. Por eso le pongo por escrito y de apuro estos cortos recuerdos.


Retomo mi relato original:

Como coda, vaya mi recuerdo y admiración a una generación de Maestros Varelianos de una integridad especial.

A Osmet Amir, que además de maestro fué el padre de Gustavo, un amigo imborrable

A Irma Vanni, mi madre que nunca fue mi maestra en el Aula (Su ética no se lo permitió), pero sí en la vida.