Escritos corsarios

Una Piccola Storia – Capítulo I El Final

Entré en la oficina después del mediodía, el calor de Madrid era agobiante. Por suerte el aire acondicionado me dió un respiro. El suficiente como para instalarme en mi escritorio, ordenar los papeles y las tareas pendientes.Eramos como fantasmas, un comercial, un técnico un consultor y una secretaria perdidos en una oficina enorme compartiendo un silencio casi total.
El sol, a esa hora del día es implacable, por lo que las venecianas detrás de los cristales cobrizos de las Torres Colón generan un rayado de luz y sombras protector.
Silencio, siempre silencioMe desabroché trabajosamente el cuello de la camisa y desajusté el nudo de la corbata. Cuando me decido a verificar mis correos, una vibración tenue seguida luego del tono de mi teléfono móvil me interrumpen.
Una rápida mirada, y la comprobación al instante del inicio de la numeración +598 me puso en guardia.Una voz lejana, asordinada y casi sin expresión me dijo:
– Beppi ha muertoLuego de la pausa, el intercambio de tres o cuatro frases vacías
-¿Cuándo?
-¿Estabas tú?
-Ya sabes lo que hacer, tienes todo anotado en la libreta negra que está en el modular
-Lo siento,Por más que fuese una situación esperada, la realidad me golpea, no hay lágrimas, si un profundo y nuevo sentimiento: por primera vez, con casi cincuenta años y desde miles de kilómetros me invadía la orfandad.

Respiré hondo, caminé hacia el enorme ventanal, desde el noveno piso perdí mi mirada en la plaza, en el Paseo de la Castellana, y en los miles de coches y personas que ajenas a todo seguían la loca rutina de un día normal.

Los recuerdos y pensamientos se aceleraron, casi todos hoy olvidados, salvo uno que hasta ahora me acompaña. Siempre me ha gustado leer, no soy un lector voraz, soy  de esos de lecturas lentas a veces repetidas, de esas que dejan huella.

Hacía mucho había caído en mis manos un ejemplar de “El Primer Hombre”, obra autobiográfica de Albert Camus inconclusa a causa de su  accidente automovilístico fatal. Luego de pasado un tiempo y en un intento de encontrarse con su padre, al igual que Jacques Corneri, me imaginé  de pié solo frente a una lápida con un nombre y dos fechas.

Se tu vens cassù ta’ cretislà

che lôr mi àn soterât,
al è un splaz plen di stelutis;
dal miò sanc l´è stât bagnât. 

Par segnâl, une crosuteje

scolpide lì tal cret,
fra chês stelis nas l´arbute,
sot di lôr, jo duâr cujet. 

Si vienes aquí entre las rocas,
donde estoy enterrado,

hay un espacio abierto lleno de flores alpinas
por mi sangre regadas. 

Como señal una pequeña cruz

que está tallada en la roca:
entre esas estrellas nace la hierba,
Debajo de ellas duermo sereno
……………………………………..
Stelutis Alpinis – Arturo Zardini (fragmento).Veinte días atrás, había recibido un llamado desesperado de Montevideo. El descenlace inminente hacía imprescindible mi presencia. No fué sencillo conseguir pasajes, pero la suerte de conocer a alguien que trabajaba para Iberia me allanó el viaje.La situación a mi llegada sin duda era preocupante. Ya casi con pocos momentos de consciencia, y el dormitorio transformado en un cuarto de sanatorio eran un claro presagio de lo que se avecinaba. Me recibió un ser flaco, con la cabeza tercamente flexionada hacia la izquierda, con una mirada apagada y acuosa. Al acercarme para dirigirle un saludo intentando ignorar la situación esbozó una sonrisa, y creí entender unas pocas palabras

– que zafarrancho!
Mis días en Uruguay pasaron a ser ocupados totalmente por las rutinas de ayuda al personal que lo cuidaba ya que a pesar de su delgadez eran necesarias dos personas para moverlo. Asimismo, parte del tiempo lo consumí en el vano intento de preparar a mi madre que siempre alentó una imposible recuperación.- Lo hemos pasado a una etapa de cuidados paliativosCon estas palabras, el médico de turno que nos visitaba regularmente me puso sobre aviso. Antes de que se retirara y en un apartado, le expliqué mi situación de visita temporal.
– No hay certezas, puede que una semana, puede que dos meses.Preparé y adelanté todo lo burocrático, escribí nombres, anoté números en una libreta y pagué los costos del caso.

El día marcado en mi pasaje de retorno, me acerqué a la camilla, le acaricié la semicalva cabeza, un beso en la frente un cruce de miradas y me fuí alejando lentamente, de a poco, sin darle la espalda, hasta que recogí la maleta y cerré la puerta.

Por fin entendí aquella sensación de escalofrío a medianoche en el momento preciso de cruzar el Ecuador a bordo del Cabo de Hornos donde Neptuno había dejado su condicion de inmortal para ser simplemente un hombre común.

Para mi, ese día que no recuerdo, en un mes que no recuerdo de un año que no recuerdo fué el verdadero final.