La Trama – Sergio Cruz

“Conjunto de hilos que, cruzados con los de la urdimbre, forman una tela.”
“Disposición interna en que se relacionan o se corresponden las partes de una historia.”

 Intentar comprender la obra de un artista es siempre un desafío y un ejercicio complejo, sobre todo cuando aspectos como la subjetividad, el acercamiento siempre parcial a sus procesos creativos y a las ideas que lo inspiran plantean un universo por descubrir. En este caso particular, la decisión de Sergio Cruz de llamar a esta muestra “Trama”, me allana bastante el camino y me da pistas para abordar un análisis donde los elementos se relacionan más a lo emocional que a lo racional.

De las múltiples definiciones del concepto trama, me he quedado con dos: que me ayudarán en un proceso de abordaje individual intentar entender y definir el todo.

Así que a la inversa de Penélope la tejedora fiel, iremos recogiendo los hilos de Ariadna para derrotar al Minotauro.

La composición: La evidente y absoluta elección de la abstracción frente a la figuración es seguramente el hilo central de la obra. Podemos especular sobre las razones de esta decisión, pero me gustaría imaginar que es una propuesta de libertad creativa, donde el arquitecto (en el sentido estricto de su profesión) se rebela al encargo, a la función, al orden, al tiempo y a los límites. En ese íntimo espacio, cada elemento se relaciona para crear un todo bajo especiales reglas de armonía. El camino lleva a exploraciones donde se combina lo premeditado con el encanto del hallazgo accidental para integrarlo plenamente en un proceso de auténtica resignificación.

 La paleta: En la vida de un artista, es frecuente y además necesario (porque evidencia el inconformismo y la búsqueda de nuevos desafíos) el pasar por fases donde no sólo la composición va cambiando, sino también su paleta. En Picasso se habla de “Período Azul”, “Período Rosa”, donde seguramente la paleta era de alguna forma una brújula para entender su vida y sus estados de ánimo. En el caso de Sergio, he descubierto la exquisitez de lo austero. A la reducción del color a través del matiz y la ausencia casi total de alguno de ellos. Grandes manchas donde el negro es un protagonista fundamental, acompañado de verdes bajos, rosas viejos, azules piedra, y amarillos que me recuerdan al albero. Tal vez un reflejo de esa actividad nocturna, tardía, de silencios interrumpidos por una radio lejana.

 La textura: Es común y frecuente, detectar, papeles, cartones, ritmos creados a través de cintas de enmascarar que pegados sobre la superficie rompen sutilmente el plano original. A esta “trama” se le agregan a veces cruzándose, a veces sumándose las propias nervaduras de una pintura generosa y espesa.

De alguna forma, sus obras son un trampolín de sensaciones visuales pero también una convocatoria al “incorrecto” disfrute de nuestro sentido del tacto.

 El gesto: Este hilo, es tal vez tan importante como la composición, porque todas las restricciones autoimpuestas en la elección de la paleta, desaparecen para abordar el abanico más nutrido de técnicas donde el movimiento, la rapidez, premeditación, espontaneidad se apoderan de espátulas, pinceles, trapos, rodillos, goteados, para esparcir, rellenar, raspar, esgrafiar, desgarrar, en un aquelarre semireglado.

A este arsenal de recursos no le es ajeno la irrupción de alguna palabra como: “tres”, “hoy”, gatillos para nuestra imaginación.

El viaje: Una trama, también contiene hilos invisibles, pero que dan sentido y soporte a casi todos los demás. Para los que no conocen a Sergio Cruz, tal vez les sea difícil visualizar las marcas y señales que la vida va dibujando en la piel. Aquellos que por distintas razones hemos emprendido un viaje de larga estancia, ya no somos lo que fuimos, hemos sumado a nuestras vidas: experiencias, huellas que casi imperceptiblemente nos amarran a islas, mares, y también a los fantasmas de Millares y muchos otros.

 Claudio Del Pup – Junio de 2017