Les femmes que J´ai aimée

“El rostro de un hombre es su autobiografía.

La cara de una mujer es su obra de ficción.”

Oscar Wilde

A fines de los sesenta, el mundo occidental conocía asombrado el mayo francés. Mil novecientos sesenta y ocho como un marcador indeleble donde muchas cosas se tambalearon.

Las protestas estudiantiles, la huelgas de trabajadores en búsqueda de mejoras en sus condiciones de trabajo, planteaban desde París la ruptura con los años de relativa calma de posguerra.

No es mi intención hacer un repaso o juicio sobre sus consecuencias e influencias de su sombra proyectada sobre la realidad actual. Simplemente reconocer que en esa época de cambios, también en mi vida de adolescencia mediana se definían y se consolidaban opciones que me marcarían de forma definitiva.

Nacido en Trinidad – Flores, hijo de emigrantes italianos, soy producto de una educación pública integradora, donde niñas y niños compartíamos la “Escuela Mixta Nº 3”, reflejando en el nombre el haber superado la pasada división de “Escuela de Varones Nº 1, y Escuela de Niñas Nº 2.

No puedo afirmar que esta convivencia de géneros haya contribuído a superar las dudas, y arribar a la certeza de que el mundo femenino me atraía indefectiblemente. Estas primeras exploraciones me llevaron a iniciarme como voyeur recurriendo a los libros de historia del arte, que mi madre como toda maestra-directora se preciaba de poseer en una variopinta biblioteca.

Es así, que fueron fuentes del inicial imaginario femenino: El nacimiento de la virginal Venus de Boticelli, las desconcertantes señoritas de Avignón recreadas por Picasso, y el perturbador Origen del mundo de Courbet

No creo en las casualidades, y prefiero recostarme en el determinismo, pero por aquellas épocas razones de vecindad me hicieron conocer a Luis Todeschini. Inquieto cultural, cinéfilo al punto de llevar adelante una propuesta de Cine Club, y que ejerció una fundamental influencia para que mi universo cinematográfico se ampliara más allá de las matinées ofrecidas por El Cine Plaza, o el Cine Teatro Artigas.

Fue de la mano de directores como De Sica, Visconti, Truffaut, Vadim entre otros que llegaron a mi vida las primeras mujeres que amé. Ese ejercicio platónico de abarcar la belleza inaccesible a través de la pantalla me permitió descubrir en: “Y dios creó a la mujer” a Brigitte Bardot- En “El gatopardo” a Claudia Cardinale. Con Truffaut llegaron Jacqueline Bisset en “La noche americana” y Catherine Deneuve en “la sirena del Mississippi”.

“Boccaccio 70” fue la puerta a Sofía Loren dirigida por De Sica, a Romy Schneider vista a través de los ojos de Visconti y finalmente a Anita Ekberg llevada al nivel de obsesión por Fellini.  A la Ekberg, la he dejado exprofeso fuera de la serie por dos razones, la primera es que tengo como cábala la creación de series de seis obras y la segunda, porque seguramente le dedique una serie en exclusividad a “La dolce vita”.

Ellas fueron quienes entre otras marcaron mi sexualidad y mi percepción de la belleza femenina muy lejana a la actual tiranía de la eterna y artificial juventud.

En particular sobre las obras que integran esta serie prefiero agregar poco y nada. Son lo suficientemente explícitas como para prescindir de una explicación. Me importa más el porqué de ellas. Qué ideas, recuerdos y reflexiones las generaron y no tanto el medio o técnica que he empleado.

Simplemente me gustaría mencionar el mantenimiento de una estética “low-poly” que ya he explicado en otras series, y el recueste desde el punto de vista del color en una paleta basada en el “duotono” una solución proveniente del mundo gráfico, casi blanco y negro como homenaje al mundo del cine que por esas épocas también sufría cambios.

El primero a nivel de formato abandonando el tradicional 4×3 impuesto por la película de 35 mm para proclamar el “CinemaScope” inventado por el francés  Henri Chrétien gracias al uso de lentes anamórficos y el segundo, la irrupción del “TechniColor” que un largo proceso de coexistencia terminará imponiéndose al Blanco y Negro.

Las mujeres que amé llegaron a mí de forma virtual, en un camino de luz naciendo desde el fondo de una sala oscura hasta estrellarse para vivir, en una pantalla blanca. Yo he recogido esa inmaterial propuesta, la he recreado apoyándome en el virtual mundo de la tecnología para devolverlas y fijarlas en otras telas blancas tensadas ésta vez por un bastidor.