The Piano Room Tale

«El piano debe ser tu amigo, es decir,
un confidente que calme tu rabia»
Félix Leclerc

La memoria me juega malas pasadas, tal vez por eso me he decidido a contar esta historia como forma de evitar el desvanecimiento, la deconstrucción del relato, en fin, el olvido. En realidad, espero que al escribirla pueda encontrar las respuestas que todavía busco y dan vueltas de vez en cuando por mi cabeza.

Por esas épocas, viviendo en Madrid, viajaba con cierta frecuencia a Inglaterra para coordinar con el equipo de trabajo estrategias, novedades, correcciones y refrescar la continua comunicación y sinergia necesaria para trabajar a la distancia.

Esa madrugada, como muchas recogí mi pequeña valija de viaje que está casi siempre lista, y al bajar ya me esperaba el taxi que me llevaría a Barajas. Por la ventanilla apenas abierta,  me abrazó el viento fresco de un Madrid que todavía dormía.

Me dirigí al mostrador de British Airways que por suerte casi no tenía cola. La ceremonia del check-in casi un ritual anodino por la rutina de hacer unos cuarenta viajes al año se desarrolló normal. Pasaje, Pasaporte, Boarding Pass y en el momento de alejarme del front-desk la chica que me dijo:

– Have an exciting trip, Sir.

Su expresión me llamó la atención, y al levantar la mirada, me topé con unos intensos ojos grises de una rara luminosidad, acompañados de una tímida sonrisa y rubor.  Respondí con un gesto vago, sin palabras, no por descortés, sino tal vez por lo inesperado de su saludo final.

Mientras, hice los trámites de seguridad, migración y embarque rutinarios. Despegué y me dormí en mi butaca.

Al llegar a Heathrow, como siempre me estaba esperando el remise que me llevó a Maidenhead  una especie de Silicon Valley inglés a unos 60 minutos al este de Londres. El conductor un indio de primera generación en UK me saludó con familiaridad y casi no hubo diálogo más allá de lo necesario.  Ya la madrugada se había roto, y las primeras luces del día peleaban con la niebla que todavía nos abrazaba.  Señal clara de que el viaje sería lento y llegaríamos tarde.

El reloj es implacable y tal cual lo previsto no hubo tiempo de pasar primero por el hotel, así que fui derecho a la oficina con el equipaje. Por suerte ya venía cambiado con traje oscuro, camisa blanca y corbata en tonos de sombra.

– Hi Liza, Good morning. How are you?
– Fine Claudio, here is your badge for the conference room number 12 at the first floor. They are starting now, and waiting for you.
– Thanks a lot, and please call to my hotel saying I´ll be arriving this afternoon at six.
– Ok, no problem, have a good day.

Presentaciones, informes, reportes, discusiones, un mini break para unos sandwiches con té frío,  retoma de la jornada con nuevas presentaciones, mi informe mensual, café, mucho café y nueva distribución de tareas, resumen final y despedida.

Estaba agotado, me dolía la cabeza, supongo que por el esfuerzo de toda una jornada en inglés, donde mi concentración es mayor y el esfuerzo de atención no me permitió una tregua.

Bajé al hall, entregué mi tarjeta, recogí el trolley y al saludar rechacé la oferta de Liza de conseguirme un taxi. Necesitaba aire, caminar, distraerme. Los 25 minutos de viaje al hotel fueron como un oasis necesario.

Salí hacia la derecha, en la rotonda subí por Queen St, haciendo una suave curva hasta York Rd. Todas construcciones de dos o tres plantas, son mayoritariamente de ladrillos y con techos al estilo mansarda de pizarra. Cuando llegué al canal, giré a la izquierda y caminé por la senda que lo bordea, unos metros por High St, hasta desembocar en Bridge Rd. En la gasolinera justo enfrente de la rotondita antes del puente giré a la izquierda. Tomé Ray Mead Rd, una especie de ribera del río, último tramo para llegar al Thames Hotel.

– Good afternoon Miss
– Hi, I was expecting you Sir. Due your arrival time we had to change your room reservation.

Naturalmente mi llegada fuera del horario pactado había trastocado mi reserva original. Vi que me sonreía, y luego de registrarme con cierto guiño me dijo:

– I´ve booked for you The Piano Room
– Thanks a lot. Tomorrow I´ll need a cab very early in the morning so please coordinate my trip to Heathrow Terminal four.
– Ok, Sir.

Si bien el nombre de la habitación me resultó curioso, agradecí amablemente y me dirigí a cambiarme.

Luego de subir tres pisos por un minúsculo ascensor, y el pequeño laberinto de pasillos donde la moquette es reina, llegué a la habitación.

La sorpresa fue mayúscula, ya que nada se ajustaba a una típica habitación de hotel. Un espacio grande con techos tan inclinados como paredes, que llegaban al piso le hacían parecerse a un loft con espacios diáfanos. Pero lo más intrigante y particular es que en uno de los rincones cerca de los ventanales y disimulado con un cortinado de un terciopelo bordó intenso, había un piano de cola negro.

Una ducha rápida, cambié el traje y corbata por ropa más cómoda. Dejé la maleta casi armada para el viaje de la mañana temprano y me decidí a bajar. Antes, curioso por el piano en el rincón, me acerqué para mirarlo un poco. Levanté la tapa del teclado, toqué suavemente algunas teclas y la respuesta fué maravillosa. Afinado en un La 440 tenía una voz brillante, nítida y de una dulzura particular.

El Thames, es un típico hotel inglés, una vieja casona de tres plantas con un semi piso extra a dos aguas. En el piso de abajo, pintado por fuera de un  riguroso blanco y con dos Bow Windows que dan a una terracita con mesas de madera funciona el bar. Un pequeño murito bajo, me separaba del río.

Ordené una ensalada fresca de camarones, y una copa generosa de Chardonnay bien frío. Sería mi cena, y también el remanso que me permitió disfrutar del bucólico paisaje, que a pesar del tiempo se parecía a un cuadro de John Constable, tal vez el máximo exponente del romanticismo inglés.

Poco a poco, la noche se instaló y la actividad en la terraza cesó. La larga e intensa jornada me pasaba factura y decidí volver a la habitación. Como siempre, al recostarme se instaló un combate entre vigilia y sueño. Este antagonismo generalmente se resuelve sin mayores conflictos, pero podría asegurar que en el momento preciso de la transición, algo me perturbó.

Me incorporé en la cama, y traté de vislumbrar algo en la penumbra de la habitación. Nada, a pesar de  que estaba casi seguro de un rumor asordinado, de un mínimo temblor en las pesadas cortinas. Del ventanal, llegaba un rayo de luz del exterior que se posaba en el teclado del piano. Nada especial, salvo que tenía la sensación y la casi certeza de haberlo cerrado, y ahora veía a ambas tapas abiertas y las teclas blancas brillando en la oscuridad.

Me levanté, me sentó en la banqueta y tomé una bocanada de aire, segundos que me permitieron repasar mis estudios de la infancia, y de buscar en mis recuerdos algunas notas y acordes al tiempo que las manos encontraban la posición de partida.

Fue en ese momento que la ví. En el sofá una figura femenina leve, tenue, casi inmaterial se estaba quitando lentamente un vestido y el calzado. Me dispuse a decir algo, sin saber qué, pero al advertir mi intención se llevó su dedo índice a los labios en claro signo de silencio.

Volví la mirada a mis manos que deambulaban balbuceantes e inconscientes tratando de recuperar el pasado improvisando como una vieja máquina herrumbrada que comenzaba a andar. Descalza pasó por detrás de mí, su mano se deslizó por mi espalda y se detuvo a mi izquierda apoyando su cadera en el piano.

No tengo una explicación racional, pero poco a poco me dejé llevar, su perfume me invadió a medida que respiraba y de mis manos surgió clara, perfecta, la Gymnopédie Nro. 1 de Eric Satie que transcurrió plácida, sanadora como un bálsamo. Mientras, ella había bajado la tapa de la caja del piano, se había acostado boca arriba sobre ella y dejando caer hacia atrás su cabeza, me besó.  Recibí un soplo de energía, un cosquilleo que esta vez me llevó a tocar como no lo había hecho nunca el Claro de Luna de Claude Debussy, sin una duda, sin un error. Respiré hondo, retiré mis manos del teclado y me sorprendió sentándose con un gesto decidido a horcajadas mientras me abrazaba. fué en ese fugaz momento, que el único rayo de luz me permitió ver su rostro. En particular sus intensos ojos grises claros que me resultaron conocidos. Nos fundimos en uno sólo, y fue maravilloso sentir cómo fluía por todo mi ser un río de luz, que como una corriente eléctrica inundó desde el pubis hasta mi cabeza, subiendo y bajando, por piernas, brazos y manos que comenzaron una ejecución frenética de la Fantasía Impromptu de Frederic Chopin.  Así, en comunión, alineados los ritmos, se sucedieron el Sueño de Amor de Franz Liszt y la Sonata Claro de Luna de Ludwig Van Beethoven.

Exhaustos; suavemente deshicimos el abrazo, y me fui a la cama mientras la veía en la semi oscuridad totalmente tendida sobre el piano.

Me desperté sobresaltado por el despertador, casi con el tiempo justo de vestirme, y recoger el equipaje. Mientras, la habitación vacía parecía despedirse. Abajo, el remise esperaba para emprender el retorno. Nunca he contado esto antes, seguramente porque pensé que nadie me creería, y que la frontera entre lo real, los sueños, y la imaginación es difusa, sobre todo cuando en algunas aristas se tocan con la locura.

Muchos años después creo que tuve un indicio, una señal, tal vez una semi prueba muy particular de lo que me había sucedido esa madrugada en el Thames. Caminando una noche  de bohemia con Alicia por el Madrid que quisimos y seguimos atesorando, sentados en un banco de la Calle de Narvaez, encontramos un  flamante par de zapatos de mujer. Alicia como jugando, decidió probárselos y para sorpresa de ambos le quedaban perfectos, al punto que se los dejó puestos para volver.

A la mañana siguiente, y emprendiendo el viaje de regreso descubrimos en el aeropuerto que los zapatos encontrados eran exactamente iguales a los que acompañan el elegante uniforme que usan las azafatas y el personal de tierra de British Airways.


 

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